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Pan y vino para andar el camino

El pan es un alimento que acompaña, que nos ayuda a untar las salsas, a hacernos bocadillos como cuando éramos niños, a hacer tostadas para desayunar… Además es una fuente de vitamina B, magnesio, fibra fósforo e hidratos de carbono que nos aportan la energía suficiente para empezar bien el día. Está hecho de cereal, en la base de nuestra pirámide alimenticia.

Aunque no lo creas, este producto tan simple tiene hasta docenas de formas diferentes de cocinarse y comercializarse. Para todos los gustos, costumbres y edades. Os decimos unas cuantas.

Para no complicarse…

Pan en cazuela. Es fácil y rápido de hacer. Queda blandito, perfecto para una rebanada de paté o un bocadillo de Nocilla. Receta: 300 gramos de harina de fuerza, 175 de agua templada, 5 gramos de levadura seca de panadero o 15 gramos de levadura fresca de panadero, 20 gramos de aceite de oliva virgen extra, 1 cucharadita de sal, un poco más de aceite de oliva virgen extra y harina.

Pan multiusos. Una masa que se hace para preparar pan, pizzas, empanadas o todo lo que imagines con masa salada. Su fácil elaboración y conservación nos permite tenerla en el frigorífico durante dos semanas, lista para cualquier horneado. Receta: 700 gramos de harina, 450 gramos de agua templada, 10 gramos de levadura seca de panadero (ó 20 gramos de levadura fresca) y 10 ramos de sal.

Pan de pita. No necesita masa madre y no necesitas recurrir al de los supermercados. Receta: 500 gramos de harina para hacer pan, 250 miligramos de agua templada, 1 cucharada de aceite de oliva virgen extra, 1 cucharadita de sal, 1 cucharadita de azúcar y 25 gramos de levadura fresca de panadero.

Para los más dulces…

Panecillos en forma de bollito casero. Se hacen con queso fresco batido y 2 ó 3 cucharadas de azúcar. Además, si quieres puedes decorarlo por encima con azúcar cande. Se puede rellenar con mermelada o echarla una vez hecho si lo partes por la mitad, a gusto del consumidor. 300 gramos de harina, 150 gramos de queso quark o queso fresco batido, 1 huevo, 6 cucharadas de aceite de girasol, 2 ó 3 cucharadas de azúcar, 1 pizca de sal, 1 sobre de levadura, 4 ó 5 cucharadas de leche y, para decorar, azúcar glass.

Pan de molde a dos colores. Para conseguir el pan perfecto para los más peques, debes  dividir la masa en dos y a una de ellas le añades cacao en polvo y azúcar glass. Al unirlas quedar un pan bicolor delicioso. Receta: 300 gramos de harina, 190 gramos de agua, 4 gramos de levadura instantánea, 5 tramos de sal, 12 gramos de mantequilla, 6 gramos de leche en polvo, 9 gramos de azúcar, 12 gramos de cacao en polvo y 5 gramos de azúcar glass.

Pan de leche. Es un pan esponjoso que se hace con leche, aceite, azúcar, vainilla líquida, una pizca de sal y levadura. Queda suave y esponjoso, ideal para los niños que están comenzando a comer alimentos sólidos. Receta: 125 gramos de leche, 50 gramos azúcar, 25 gramos de aceite de oliva virgen extra, 1 huevo, 1 cucharadita de vainilla liquida, 15 gramos de levadura fresca, 300 gramos de harina de fuerza y una pizca de sal.

Para los más niñeros…

Panositos. Panes con forma de osos que puede resultar una actividad muy divertida para hacer con hijos, sobrinos, etc. Haced una masa multiusos y jugad con los pequeñajos como si fuera plastilina para modelar muñecos o formas singulares que le darán un toque personal a su merienda. Receta: 300 gramos de harina de fuerza, 1 sobre de levadura de panadería seca (son unos 5 gramos), 1 cucharada sopera de azúcar, 1 cucharadita (de café) de sal, 40 gramos de mantequilla o margarina a temperatura ambiente, 1 huevo, 175 miligramos de leche a temperatura ambiente.

Tortuguitas. Se hacen de igual forma, pero puedes rellenarlo con cacao o mermelada desde un lateral o desde la parte inferior del “cascarón” con una boquilla de rellenar. En caso de no disponer de una de estas ‘jeringuillas’, es más fácil abrirlo entero en forma de bocadillo. Receta: 500 gramos de harina de fuerza, 10 gramos de sal, 250 gramos de leche, 50 gramos de agua, 30 gramos de miel suave, 30 gramos de levadura y 15 gramos de aceite de oliva virgen.

 Para los más consistentes…

Pan relleno.  Deber hacerse primeramente la receta de la masa de pan (250 gramos de leche, 50 gramos de mantequilla sin sal, 50 gramos de azúcar, 25 gramos de levadura,  500 gramos de harina de fuerza y una cucharadita de sal). Luego puedes rellenarlo con pasas, jamón cocido y aceitunas, por ejemplo. Antes de introducirlo en el horno debes rociarlo con huevo batido para que se dore.

¿A que algunas de las recetas te han sorprendido? Si quieres saber cómo hacer otro tipo de panes, puedes verlo en páginas especializadas como PequerecetasEl gato goloso o Cookpad.

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¿Por qué se dice sopa castellana?

Seguro que muchas veces os habréis preguntado por qué la sopa es “castellana” y no de cualquier otra región, ya que puedes comerla en distintos puntos de la geografía española.

Pues bien, hoy os vamos a desvelar el porqué de este nombre. Pero antes, para los que no hayan probado una buena sopa castellana, queremos contar en qué consiste este plato típico. Como buen potaje, ayuda a combatir las bajas temperaturas, que en esta tierra se padecen en invierno.

Sus ingredientes son agua muy caliente, rebanadas finas de pan de pueblo (hogaza), dientes de ajo para dar ese gusto picantillo que enciende el motor del estómago, pimentón dulce que da ese toque rojizo al plato y por último, cuando esté todo mezclado, se echan un par de huevos encima, de uno en uno, hasta que estén bien escalfados. No debemos confundir nunca con la sopa de ajo.

¿De dónde procede este típico potaje?

Según cuentan, en la antigüedad las sopas castellanas era un almuerzo típico de la gente humilde, porque se hacían para aprovechar el pan que había sobrado el día anterior. Además era (y es) uno de  los platos típicos de la cuaresma que contribuía al olor a ajo de las calles de muchos pueblos de España durante la Semana Santa. Un plato más que adecuado a las costumbres religiosas, ya que no incluía carne en su elaboración. Recuerda a la sobriedad que deben acompañar estas fechas.

Variantes de la sopa castellana:

En Andalucía, en vez de pan se echa coliflor. Además carece de pimentón y se sirve espesa.  En la costa suelen acompañarla con trocitos de pescado.

Otra vertiente es la sopa manchega, que en vez de pimentón se cocina con pimientos choriceros, al igual que en Navarra. En esta última se añaden, incluso, pedazos de tomate natural.

En Aragón se echan huevos y picatostes.

¿Es lo mismo que la sopa de ajo?

No. Rotundamente, no. La sopa de ajo es espesa, ya que se deja reposar durante más tiempo para que el pan absorba todo el caldo. Además, en una elaboración tradicional completa, debe terminar en el horno, donde el pan queda bien empapado y, sobre él, una capa dura y tostada, que cruje al masticarla.

¡Ah! Y no lo olvides: con un buen vino todo sabe mejor.  ¿Qué tipo de vino dirías que le va mejor a este plato? Nosotros os la recomendamos con un buen tinto de los que muchos que salen cada año de las distintas denominaciones de origen de Valladolid.

Buen provecho.

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Valladolid, provincia de quesos

Los orígenes de las tapas, las maravillosas comidas en miniatura que nos sacian del hambre mientras saboreamos una copa de vino o una cerveza bien fría, tienen un origen difuso en el que abunda la leyenda y faltan certezas absolutas.

¿Cuál es la verdad de todo esto?
¿Cuánto hay de mito y cuánto de historia detrás?

¡Hoy lo desvelamos!

Lo cierto es que, ya fueran improvisadas protecciones contra insectos para el rey católico Fernando II, ya fueran acompañamientos del tratamiento de vino que se prescribió a los enfermos durante la época de Alfonso X el Sabio, lo cierto es que jamás han dejado de acompañarnos. Y no menos cierto es que pocos alimentos como el queso pueden presumir de ser una tapa casi obligatoria en cualquier bar o restaurante al que acudamos.

Vino y queso forman un tándem de éxito. Valladolid, tierra de muchos y buenos vinos, y donde conviven cinco denominaciones de origen, cada una con sus peculiaridades y matices, cuenta también con una interesante colección de quesos. Maestros artesanos llevan siglos sacando el máximo provecho a la materia prima que las ovejas nos ofrece.

Sin duda, uno de los quesos vallisoletanos más representativos es el de Villalón, que cuenta con su propio museo en esta localidad situada al norte de la provincia. La antigua escuela del municipio sirve ahora de centro de interpretación de un producto que identifica a toda una comarca y que se sigue elaborando hoy prácticamente de la misma forma que se hacía siglos atrás.

Acercarse a conocer los quesos de Valladolid es también una ocasión perfecta para conocer rincones más o menos escondidos de la provincia. Arrancar en Pollos, pasar por Serrada y teminar en Ramiro es una de las opciones que nos ofrece una ruta que arranca a las orillas del Duero en la que descubriremos algunas queserías que merece la pena conocer. Queserías cargadas de historia y donde la tradición artesana es una constante y una garantía de calidad y sabor.

Si aún no te ha entrado hambre, aquí tienes una guía para conocer más de todos los quesos de nuestra provincia. Un placer irresistible.

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La calidad lleva sello de Valladolid

El vino es, sin duda, uno de los productos con los que cualquiera puede identificar a la provincia de Valladolid, gracias a las varias denominaciones de origen que comparten territorio y ofrecen caldos de diferente tono pero idéntica calidad. Pero, además de por su producción vinícola, Valladolid ofrece a quienes lo visitan una muestra gastronómica extensa en cantidad y brillante en sus cualidades.

Eso garantizan, al menos, los sellos de Marca de Garantía o de Indicación Geográfica Protegida con los que cuentan varios de nuestros productos más emblemáticos. Uno de ellos, el lechazo, posee el marchamo de la IGP desde hace dos décadas, y es el producto estrella de las decenas de asadores que existen en la provincia. Desde hace unos años, unas jornadas gastronómicas dedicadas al cordero lechal difunden por nuestra geografía la excelencia de esta carne de las razas churra castellana y ojalada y que crece en la cuenca del Duero.

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También la lenteja pardina, una de las variedades más extendidas en la comunidad junto a la verdina y la castellana, posee el respaldo de contar con la indicación geográfica protegida a la hora de hablar de su calidad. Los Montes Torozos y la comarca de Tierra de Campos son los espacios en los que, en nuestra provincia, se concentra fundamentalmente su cultivo. Un suelo limpio y a salvo de contaminación que, en combinación con unas condiciones climáticas muy concretas, ofrece una lenteja de pequeño diámetro de sabor suave que deja un gusto suave en el paladar de quien la prueba.

Un menú como el que podemos disfrutar en nuestra provincia estaría incompleto sin una buena porción de pan del que se produce en esta tierra, y cuyas distintas variedades se agrupan en la marca de garantía ‘Pan de Valladolid. A la cabeza de todos los tipo de pan que encontramos en Valladolid, el popular ‘lechuguino’, de cuidado aspecto y con una flor en el centro de su corteza, elaborado con harina de trigo candeal que se cultiva en pequeñas plantaciones. No es difícil reconocer un buen ‘lechuguino’, por su aspecto exterior, su corteza dorada y brillante, y por su gusto en la boca, la miga compacta y uniforme que es otra de sus características más reseñables.

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Comer en Valladolid es siempre una oportunidad de acercarse a productos de calidad que nos conectan de forma inmediata a la tradición y a la historia. Saborearlos con una copa de vino es un placer insuperable, que puede acompañarse disfrutando de las fiestas de la vendimia de Cigales o Serrada.

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La revolución de la cerveza en Valladolid

Al igual que durante los largos viajes en avión la tripulación de servicio ofrece a los pasajeros “café o té”, en la provincia de Valladolid ofrecemos a quien nos visita “vino o cerveza”.

Casasola, Las Llaves de San Pedro, La Loca Juana, Lüge, Milana, La Real del Duero, El Secreto del Abad y Vier son algunas de las cerveceras artesanas que en los últimos años han crecido por toda la provincia vallisoletana. Además, cada vez son más los intrépidos que se lanzan a la aventura de este tipo de cerveza.

El proceso de elaboración de la cerveza es más sencillo de lo que parece. Es bien sabido que el ingrediente fundamental para la elaboración de la cerveza es la cebada. Existen dos variedades de este tipo de cereal, la cebada de seis carreras o caballar y cebada de dos carreras o cervecera. Por suerte para los cerveceros artesanos de la provincia, la cebada de dos carreras, es el cultivo más extendido en ella. El agua es también fundamental para la elaboración de la cerveza y, la provincia de Valladolid dispone de un agua idónea para ello; agua muy dura por su alto contenido en cal que favorece la fermentación.

A pesar de que los artesanos cerveceros de la provincia de Valladolid lleven poco tiempo con la actividad cervecera, el producto que ofrecen no tiene nada que envidiar al que ofrecen en otros lugares con amplio recorrido y fama en esta materia. De hecho, ninguno de los cerveceros artesanos asentados en la provincia de Valladolid se ha conformado con elaborar una sola variedad de cerveza. Además de jugar en la inclusión de otros tipos de cereales como el trigo, y lúpulos para aromatizar y dar sabor amargo a la cerveza, juegan con la temperatura de la fermentación para producir las dos variedades principales de cerveza:

Lager, que fermenta a una temperatura de entre 0 y 4 grados. Éstas, son cervezas ligeras, espumosas, suaves, de color ambarino o negro.

Ale,  cervezas que fermentan a temperaturas superiores que las Lager, pueden alcanzar los 24 grados. Son muy aromáticas, con cuerpo y sabor muy marcado.

La cantidad de cereal cultivado en la provincia, donde destaca el cultivo de cebada cervecera, la idoneidad del agua y la sencillez del proceso de elaboración de la cerveza, son las razones por las que Valladolid se ha unido al boom de la cerveza artesana que fermenta en botella y no llevan carbónico añadido.

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